
Las narraciones en torno a la memoria histórica, evocan retóricas melancólicas de lo perdido, de los que se perdieron en la batalla urbana revolucionaria que olía a pueblo conducido por una vanguardia apropiada de la verdadera conciencia, porque ELLOS eran la conciencia. Explican la transacción [revolución/socialdemocracia] escudándose muchas veces, o mas bien usando en clave de argumento formal, la tragedia del trauma ante el cual TODA una generación de jóvenes y trabajadores exigían la revolución, vista ésta como una experiencia romántica en que el pueblo oprimido se alza “puño en alto” contra el Estado oligárquico explotador; si había que entregar la vida sería luchando, en un “campo de batalla” (como guerrilla urbana) frente a frente y no seguir vendiéndola como fuerza de trabajo en una industria. Se veía la liberación del pueblo, se sentían ecos de cadenas que se rompen (en Cuba, en Rusia…)
Al final no fue así. La vida no fue “entregada” sino más bien arrebatada, desgarrada en momentos inmóviles de tortura, los jóvenes no tuvieron la posibilidad de realización épica del romance revolucionario (cual mayo del ‘68 en Francia). Perdieron la batalla en cuarteles, gota a gota, a manos desarmadas y con exceso de discursos panfletarios antes que pragmáticos revolucionarios… perder sin jugar o perder sin saber a que se estaba jugando, emprender el éxodo sin tierra prometida para luego abandonar al pueblo hallado y perdido para si mismo. De ahí el espasmo, el vértigo que los sucesos evocan (hasta hoy en día) entre aquellos de esa generación.
Y cuando volvió la “alegría” y se acuartelaron los invasores armados… aquella generación ya estaba caduca, cansada, con diecisiete años de más, maduros, transformados en padres y madres de familia pues la vida siguió para aquellos que pudieron retenerla. Es por esto que en “transición” mirar con nostalgia se hace una necesidad, evocar a los compañeros militantes desaparecidos y muertos pues entre su perdida y estos latidos no median diecisiete años o al azar sino segundos de distancia que palpitan en la retina cada ves que piensas “ese pude haber sido yo”. Como “ese puede ser yo” necesito que no se olvide, que se pierda. Contar y recontar la historia de los fatídicos hechos, echar a andar la memoria festejante de un pasado mejor lleno de SENTIDO ÉPICO, TRANSFORMADOR E INOCENTE que deparaba un futuro “socialista” o tal vez mejor…
El presente, lleno de frustraciones, pesa de madurez intelectual y todos pretenden responder ¿Cómo sobrevivimos?, ¿Por qué fracasamos?, etc, etc, y echan mano a la memoria como recursos de historicidad para momentos que revindican ética y moralmente a una generación que falló en su cometido y pretende, obsesivamente, reiterar sus logros, sus aspiraciones, la posibilidad del sueño para exorcizar sus frustraciones y pérdida del sentido que impera en la sociedad de la post-dictadura. Y luego justificar sus errores con lo que precisamente era su arma más poderosa: “éramos jóvenes”, “no sabíamos lo que estábamos haciendo”.
Al final no fue así. La vida no fue “entregada” sino más bien arrebatada, desgarrada en momentos inmóviles de tortura, los jóvenes no tuvieron la posibilidad de realización épica del romance revolucionario (cual mayo del ‘68 en Francia). Perdieron la batalla en cuarteles, gota a gota, a manos desarmadas y con exceso de discursos panfletarios antes que pragmáticos revolucionarios… perder sin jugar o perder sin saber a que se estaba jugando, emprender el éxodo sin tierra prometida para luego abandonar al pueblo hallado y perdido para si mismo. De ahí el espasmo, el vértigo que los sucesos evocan (hasta hoy en día) entre aquellos de esa generación.
Y cuando volvió la “alegría” y se acuartelaron los invasores armados… aquella generación ya estaba caduca, cansada, con diecisiete años de más, maduros, transformados en padres y madres de familia pues la vida siguió para aquellos que pudieron retenerla. Es por esto que en “transición” mirar con nostalgia se hace una necesidad, evocar a los compañeros militantes desaparecidos y muertos pues entre su perdida y estos latidos no median diecisiete años o al azar sino segundos de distancia que palpitan en la retina cada ves que piensas “ese pude haber sido yo”. Como “ese puede ser yo” necesito que no se olvide, que se pierda. Contar y recontar la historia de los fatídicos hechos, echar a andar la memoria festejante de un pasado mejor lleno de SENTIDO ÉPICO, TRANSFORMADOR E INOCENTE que deparaba un futuro “socialista” o tal vez mejor…
El presente, lleno de frustraciones, pesa de madurez intelectual y todos pretenden responder ¿Cómo sobrevivimos?, ¿Por qué fracasamos?, etc, etc, y echan mano a la memoria como recursos de historicidad para momentos que revindican ética y moralmente a una generación que falló en su cometido y pretende, obsesivamente, reiterar sus logros, sus aspiraciones, la posibilidad del sueño para exorcizar sus frustraciones y pérdida del sentido que impera en la sociedad de la post-dictadura. Y luego justificar sus errores con lo que precisamente era su arma más poderosa: “éramos jóvenes”, “no sabíamos lo que estábamos haciendo”.
Precisamente toda construcción ideológica revolucionaria exige lo mismo: juventud sin nada que perder, e inocencia de dogmatismos; solo faltan en la ecuación: compromiso irrestricto y medir las consecuencias, pero con las medidas de la historia.
1 comentario:
interesante!"
saludos
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